Los Picos del Monte

Os Petoucos do Monte de Poedo (Los picos del monte)

Que nadie se sorprenda si llega a sus oídos la noticia de que Poedo es una aldea del tiempo de los “Picapiedras”, porque, en cierto modo, no deja de ser cierto. Pero hay que ser justos y aceptar que Poedo no se quedó anclado en el tiempo. Piedra a piedra y pico a pico,vino a dar con los Pica-Piedras hasta nuestros días. Extraer y labrar el granito ha sido una tarea, casi una profesión, de muchos de sus vecinos. Una profesión que puede calificarse de natural o connatural ya que su monte, el monte de Poedo, providencialmente pegado al de Farria, posee grandes yacimientos de granito y de pizarra, sindicados como picos o petoucos.
De un informe vanidoso de nuestros abuelos se puede colegir que, hace mas de cien años, se hablaba de los “picos del monte”, dándonos a entender que poseía diversos conglomerados rocosos y que los “canteiros”, golpe a golpe y carreta a carreta, los fueron demoliendo y, con serias dificultades, bajándolos, hasta el pueblo y pueblos circunvecinos.
La actual explotación del granito se sitúa en el sector de As Laxas Longas, por encima de A Val da Frisca. La Compañía mercantil “Cabrera y Trigo” es la poseedora del contrato de arrendamiento.
De todos aquellos picos del monte, producto más de la imaginación que de la historia, queda, por pura gracia de Dios, tan sólo uno: O Penedo Bo. Penedo que constituye un verdadero icono y que, posiblemente le deba su renombre, más que a su estructura y a su función horaria, al hecho de encontrarse cercano a “O Couto”, porque, O Couto sí puede ser considerado como un lugar realmente histórico.
Y digo “realmente histórico” porque a “O Couto” venía a dar el antiguo camino de Xunqueira y Quintela. Un camino por demás intransitable, solitario, tortuoso y difícil, pero que al coronarlo, nos abría el abanico de un horizonte que nos permitía ver no sólo el pueblo de Poedo sino muchos pueblos de la alta Limia. O Couto era el punto desde el que se veía algo así como la “tierra prometida” y que invitaba a levantar la voz, gritando ijujus o irgutíos que estremecían de emoción a todos los vecinos del pueblo.
“¡Hey, carballeira! ¡Eiquí vimos os que fomos a Castela!”

Enrique Mangana López, C. M.

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